Esta semana, en la Rai 1, Roberto Benigni presentó su nuevo espectáculo: «Los 10 mandamientos». En dos partes, dos noches seguidas, una de 100 minutos y la otra, de 110.
Los Diez Mandamientos es, como siempre con él, un monólogo, uno eterno, cuidado, con un italiano culto, sonoro, rico en matices. Con una parte importante de humor, humor inteligente, fino, profundo. Pero el espectáculo, Benigni, es también una muestra de cultura, de erudición, una fuerza desbordante.
Cada aparición de Benigni es una crítica política y social. Un repaso a su país (la parte del séptimo mandamiento es estupenda), su historia y su sistema, su tejido social, las relaciones entre poderes y, desde luego, el lugar de la Iglesia. El lugar de la religión, de Dios, de las historias con las que todos hemos crecido en España o Italia. La sección del sexto mandamiento es hilarante.
Un análisis incisivo, atacando sus debilidades. Pero también una declaración de amor. Benigni desmonta pero sin destruir. Nos recuerda que nos faltan hombres libres, pero cree que hay esperanza y, sobre todo, nos contagia de ella.
Benigni es un espectáculo en sí mismo, un genio absoluto capaz de hablar durante 90 minutos sin necesidad de (muchos) chistes fáciles, sin tetas ni culos, sin tirar de recursos soeces o vulgares. Un genio capaz de hablar de Dios, los Mandamientos, Moisés, el Éxodo (como modelo de inspiración para la revolución) la tradición religiosa, de la Biblia, de San Agustín, con un pasión desbordante y unos conocimientos envidiables. Una exégesis inteligente, elegante. Sin música, sin efectos especiales, sin ayuda de nadie.
Él solo, en el escenario. Sin pausas. Frente a un publico entregado, que demuestra que no hay un solo camino para el éxito, y que no hace falta gritar e insultar para que te escuchen. La primera parte la vieron más de nueve millones de personas. La segunda, más de diez millones. Una barbaridad, casi un 40% de share en prime time.
En este blog somos muy de Benigni. Su vídeo sobre la Constitución también congregó ante la televisión a millones de personas. Y yo no he visto nada igual a su espectáculo sobre la Divina Comedia.
Este vídeo, sobre el Canto de Ulises, uno que memoricé en el colegio (en mi colegio, la lectura de La Divina Comedia era una asignatura a lo largo de tres cursos), me pone siempre la carne de gallina.
Ver un espectáculo de Benigni tiene siempre un efecto agridulce. Por un lado, me emociona. Me ata a la silla, me hace disfrutar. Me da ganas de leer, de aprender, incluso de recitar. Me dice que hay esperanza. No sé muy bien de qué, pero que hay esperanza. Que es posible otra forma de televisión, de periodismo, de sociedad. Que hay muchas vías y lo que tenemos es por elección, por oferta más que por demanda.
Saber que diez millones de personas quieren ver tres horas y pico de monólogo sobre Dante, la Constitución o Los Diez Mandamientos me gusta. Que el talento y la inteligencia tienen premio, me gusta. Que una persona, sola en un escenario, sea capaz de emocionar explicando el amor en las palabras, me gusta.
Pero al mismo tiempo, me doy cuenta de que Italia tiene a Benigni y nosotros a Buenafuente. Y sufro.
– Brutal esto de Martin Chulov en The Guardian: «Isis: the inside story«. One of the Islamic State’s senior commanders reveals exclusive details of the terror group’s origins inside an Iraqi prison – right under the noses of their American jailers. Vía Carlos E. Cué.
– James Meek en la LRB: «Worse than a Defeat«. Reino Unido y la guerra de Afganistán.
– Nicholas Kristof: «A Shooter, His Victim and Race«. Cuando tenía 13 años, Manuel (negro, pobre, familia desestructurada) disparó a Debbie (blanca, madre) durante un robo. Le condenaron a cadena perpetua. Ella no sólo le ha perdonado, sino que eaboga y testifica a su favor para que él puede salir libre cuanto antes.
– Christian Donlan: «Inside Monopoly’s secret war against the Third Reich«. Una historia larguísima (larga de verdad) que empieza con Houdiin y unas cajas y nos lleva a un campo de prisioneros de Polonia. Vía Droblo.
– Alex Campbell y Andre Kaczynski: The Con Artist Hired To Clean Ebola. The wild story of how a mortgage scammer persuaded a dead man’s sister to turn over his business, his truck, and his resume — and got a government contract to clean up Ebola.
– Hendrik Hertzberg: «Moscow, 1992«. What Life Was Like on Moscow’s Streets After the USSR Collapsed».
– Mark Parry: «Saskia Sassen’s Missing Chapter«. Ella es socióloga, famosa, respetada. Pero lidia todavía con el haber tenido un padre filonazi que acogía en casa a Eichmann.
– John Wolfson: «Baseball’s Teen-Age Twitter Reporters«. De cómo niños de 13 y 14 años están logrando inexplicables exclusivas sobre los fichajes más sonados de la temporada.
Acaba el año. Un año intenso para mí, con un cambio total de país, de (tipo de) trabajo y de vida. Pero un año sobre todo de muy buenas lecturas. Tanto en artículos como en libros. En ficción y en no ficción. Repasando, (la lista de los que he leído este año está aquí), mucho mejor que los últimos dos o tres.
Seguramente me lo he tomado algo más en serio que antes, he sido algo más cuidadoso, o selectivo. Menos vago, quizás. Vago en el sentido de que tengo libros, principalmente ensayos, pendientes desde hace mucho. Libros que quiero leer. O que, supongo, y temo, quiero en realidad haber leído.
En este primer post simplemente voy a recoger las listas de los libros del año de medios, blogs, de amigos. Listas que pueden ser interesantes, y útiles, con la elección y las recomendaciones de gente de la que me fío.
En el segundo, en los próximos días, esbozaré una lista de los libros que quiero leer en 2015. Una especie de propósito, aunque si reviso las de años pasados está claro que luego apenas las cumplo.
Por último, en el tercer post, la lista de los libros que más me han gustado este año. Que seguramente es la más fácil. Si me decido a hacer en algún momento la lista de propósitos para 2015, a la cabeza estará, sin duda, hacer reseñas de todo lo que vaya leyendo.
Se acaba de retirar Jonathan Yardley, histórico editor del Washington Post, y nos deja sus libros favoritos de siempre: Jonathan Yardley’s favorite books
Os dejo, como cada semana, una lista de algunos de los artículos que he publicado en el periódico o en la web, por si os pudieran interesar. No están todos, pero variado es, queda claro.
– Chip Brown en National Geographic: «Sorrow on the Mountain«. How the shocking avalanche that killed 16 expedition workers unfolded on Mount Everest—changing life on the mountain forever. (Vía Jorge Fernández @GeorgFdez).
– Jonathan Rauch en The Atlantic: «The Real Roots of Midlife Crisis«. What a growing body of research reveals about the biology of human happiness—and how to navigate the (temporary) slump in middle age. Vía Josu Mezo.
– Jennifer Brigs: «My Life In The Locker Room: A Female Sportswriter Remembers The Dicks«. Su padre le contagió el amor por el beísbol cuando tenía 10 años, y desde entonces lo único que quiso fue escribir sobre ello. Lo logró, y aquí recuerda cómo una chica de 22 años se abrió paso entre súper estrellas desnudas en los vestuarios. (vía Beatriz Hoya)
En 1945, Isaiah Berlin, filósofo e historiador de las ideas, acababa de llegar a Moscú como primer secretario de la Embajada británica. Berlin, nacido en Letonia en 1909, se exilió con su familia a Inglaterra tras la Revolución de 1917, y acabó convirtiéndose en uno de los pensadores más respetado de la segunda mitad del siglo XX.
Recién acaba la Guerra, durante una visita a Leningrado y estando en una librería, Berlin entablo conversación con un hombre que miraba unos ejemplares gastados de poesía. Resultó ser Vladimir Orlov, célebre crítico literario. Hablaron, rieron, intercambiaron historias sobre amigos comunes, sobre autores y anécdotas. Y al rato, un nombre, un nombre que cambiaría para siempre su historia, salió de los labios de Orlov: Ana Ajmátova.
Ajmatova, una de las poetas más reverenciadas de Rusia, de la URSS, era una amenaza. Durante más de 20 años fue perseguida, acosada e insultada por los hombres de Lenin y Stalin. «La monja puta», como la llamaba Koba, vio morir a su marido y tuvo que sufrir cuando su hijo era encerrado una y otra vez y pasaba años en prisión. Se le prohibió publicar y trabajar. Su casa, fría, pequeña, compartida, estaba controlada y sus vecinos informaban de todos sus pasos. Tuvo que quemar sus obras y vivir de la caridad de sus amigos. Tuvo, incluso, que escribir una oda al «padrecito» para mantener a su amado Lev con vida. Pero resistió, sobrevivió y se hizo grande.
Era una figura colosal, respetada. Políglota y traductora, esposa de historiadores y astrólogos, era dueña de un ruso elegante, cuidado, refinado, culto. De una memoria prodigiosa. De un valor enorme, tanto como para publicar una obra como Requiem, sobre el terror que había visto, que veía.
Ajmátova tenía una mirada única que hacía temer a los matarifes del Partido Comunista, que ante el asedio nazi se vieron obligados a sacarla hacia el Este muy a su pesar.
Ajmátova, amada por Pasternak o Modigliani, querida por Gorodetsky o Brodski e íntima de Nadezhda Mandelshtam, no sólo había logrado sobrevivir, sino que vivía a pocas manzanas de la librería donde Berlin pasaba la mañana.
Prácticamente el único recuerdo material que Ajmátova conservó tras las purgas y el acoso, tras la guerra y la pobreza. Muy diferente del retrato maravilloso de Natan Altman, limpio, luminoso. Una figura elegante, relajada, atractiva que es como siempre recuerdo yo a la escritora.
Al poco, Randolph, el hijo de Churchill, periodista, apareció por el barrio en busca de Berlin, y antes de que la presencia de ambos pudieron comprometer a Ajmátova, el profesor, ahora metido a diplomático, se fue corriendo. Pocas horas después, sin embargo, regresó, y no salió del apartamento hasta bien entrada la mañana.
Berlin ha contado su versión, sus recuerdos, en Meetings with Russian Writers en Personal Impressions. Michael Ignatieff ha relatado de forma extraordinariamente hermosa el episodio en su célebre biografía del pensador. Y hay decenas de artículos, historias y monografías que lo evocan, por ser uno de los episodios más llamativos de la historia cultural de la Guerra Fría. Hay incluso una opera, con libretto de Jonathan Levy, sobre la noche.
Una «agnación» a la que Gyorgy Dalos dedicó un ensayo entero titulado «The Guest From The Future: Anna Akhmatova and Isaiah Berlin«, que reseñó magníficamente Christopher Hitchens en la LRB hace más de 15 años. De hecho, la reseña se centra más en la biografía y en el personaje, dando muchísima caña a su respetado protagonista, pero eso uno de los textos más brutales que conozco y que explican quién era de verdad Hitchens, por qué se convirtió en una leyenda y por qué le tenían tanto respeto.
Orlando Figes, en El baile de Natacha«, evoca esa noche del 20 de noviembre de 1945 así: «hablaron sobre literatura rusa, sobre la soledad y el aislamiento que ella padecía. Y sobre los amigos del mundo desaparecido de San Petesburgo, el de antes de la Revolución». Y su libro está plagado de detalles de la vida y el sufrimiento atroz de Ajmátova, que 20 años después, sola y triste, murió de un ataque al corazón
Pero por unas horas, en esa gélida noche, todo fue perfecto. Fue una de esas noches mágicas en la que no pararon de hablar ni para ir al baño, fuera de las habitaciones, porque salir al pasillo habría roto el encanto, la conexión. Hablaron de libros, de significados, de amor y de de exilio. Físico el de él, interno el de ella. Se pelearon por Turgenev y Dostoievsky y se reconciliaron con Pushkin y Chejov, por una Europa en la que nunca coincidieron, por un mundo que nunca compartieron.
Lloraron hablando, lloraron recitando, lloraron recordando y lloraron juntos pensando en lo que fue y pudo ser. Llorando por todo lo que era.
Los detalles exactos de todo lo que pasó nunca se sabrán. Muchos amigos comunes, pese al desmentido, siempre dieron por hecho que la comunión entre ambos fue algo más que mental. Como dice Ignatieff, cualquier ruso que haya leído los textos de Ajmátova no puede pensar que no yacieron. Pero en realidad es algo que importa absolutamente nada.
Let it be lettered in flame translated into air to be printed and reprinted anytime anywhere
under roof or under stars on the one press that survives the listeners the watchers the searchers with their knives
Berlin volvió a Inglaterra y se convirtió en un mito. Ella, que ya lo era, nunca se recuperó del todo de ese encuentro con un cosmopolita 20 años más joven, que cuando la conoció nunca había leído su obra, pero acabó siendo su mejor embajador. Sea como fuere, pasara lo que pasara esa noche, el recuerdo que dejó en la poetisa quedó plasmado en uno de sus trabajos más hermosos, en los textos de Cinque.
Arden los sonidos en el éter y el alba se agazapa en la sombra Para siempre, en el mundo enmudecido sólo quedan dos voces: la tuya y la mía Y bajo el viento de invisibles Ladogas casi a través de un sonido de campana en un ligero brillo de arcoiris cruzados se convirtió el diálogo nocturno
Fue una noche única, mágica, irrepetible. La atmósfera que lograron esas horas, la confianza que se volcaron, no volvió a producirse. Berlin quiso volver a visitarla años después, pero ella, que temía por su seguridad, más mental y emocional que física, no aceptó. Se encontraron en Oxford dos décadas después, pero fue algo frío, doloroso, casi hiriente.
La intimidad es algo que normalmente sólo se consigue tras años de relación, sacrificio, de trabajo, de confianza. Pero la intimidad perfecta se da, a veces, con un desconocido, cuando todo es tan difícil pero parece tan sencillo. Cuando las barreras y el peligro son tan grandes que la única forma de actuar es desnudarse de inmediato y no pensar, no dudar, no mentir.
Cuando la recompensa es pequeña, pero la emoción enorme. Cuando no hay juicios ni prejuicios. Cuando no hay reproches, sino miradas. Cuando no te une nada, y por eso te une todo. Cuando no nos asusta el mañana porque olvidamos el ayer y el hoy. Cuando arden los sonidos en el éter y el alba se agazapa en la sombra.
Qué bien lo están haciendo en Libros del Asteroide. Un catálogo estupendo, cuidado, muy bien editado, mimado. Con una selección de autores y de novelas buenísima. Hay una línea que une a escritores y temas muy dispares. Una línea díficil de explicar, pero muy fácilmente entendible.
Canciones de amor a quemarropa, como Qué fue de Sophie Wilder, como La trama nupcial de Eugenides o como Libertad, de Franzen, cuenta una historia universal bajo un trasfondo familiar. Son novelas en cierto modo muy similares que hacen un viaje a lo largo de varias generaciones de una serie de personajes, de parejas. Y nos hablan de algo muy primario. No es siquiera el amor, la infidelidad, la felicidad, la monotonía, el dolor o el sufrimiento, sino sobre la esencia de la condición humana.
Sobre cómo vivimos, pensamos y queremos. Sobre por qué hacemos las cosas que hacemos y qué excusas o razones tenemos o usamos o nos queremos creer. Sobre cómo actuamos de forma completamente irracional, destructiva, imperfecta, errática, contradictoria. Sobre la tradición y el aburrimiento, sobre la envidia y los celos. Sobre la libertad y el libre albedrío. Sobre el odio y el perdón. Sobre la vida misma. Sobre notrosos. Sobre ti.
El enfoque y la prosa de Butler me gustan más que los de Franzen o Eugenides o Beha. No pretende entender cada una de las motivaciones e impulsos de sus personajes, porque sabe que las decisiones que tomamos, las de cada día y las cruciales, son en parte nature y en parte nurture, son cultura y entorno, son pasado y carácter. Porque vivir es elegir.
Su libro, como los otros tres, nos describe cómo todos, en algún momento, tenemos que tomar una decisión crucial. Hacer o no algo que puede cambiarnos para siempre. Por dentro o por fuera. Y es esa decisión, y sobre todo cómo nos cambia, lo que define quiénes somos. No quiénes queremos ser, o decimos ser o queremos pensar que somos. Sino quiénes somos de verdad.
Butler lo explica muy bien, desde cinco prismas diferentes que en el fondo son partes de un todo. Son cinco voces que cada día pelean entre sí y nos empujan hacia la responsabilidad o el placer, hacia la razón y el corazón, hacia el alcohol o el trabajo.
«Tras la lucha que rinde y la incertidumbre amarga del viajero que errante no sabe dónde dormirá mañana, en sus lares primitivos halla un breve descanso mi alma…
(…) Sólo los desengaños preñados de temores, y de la duda el frío, avivan los dolores que siente el pecho mío, y ahondando mi herida, me destierran del cielo, donde las fuentes brotan eternas de la vida».