Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.
Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
Ya he dicho eso.
La semana pasada se derrumbó un edificio en Bangladesh, dejando más de 700 muertos. «El edificio albergaba talleres textiles que producían ropa para marcas occidentales, entre ellas Primark, El Corte Inglés, Bon Marche y Joe Fresh». Trabajaban más de 3.000 personas y las condiciones del lugar dejaban mucho que desear.
El accidente ha generado, como en otras ocasiones en el pasado, un amplio debate, especialmente fuera de Bangladesh. Sobre el papel de las marcas occidentales que fabrican allí, sobre las condiciones laborales y sobre el papel general de los sweatshops. Las propias firmas tienen, dicen, dudas.
En España, Roger Senserrich publicó un artículo en Eldiario.es que ha causado mucho revuelo, críticas del propio staff del medio y hasta una larga y dura crítica de la Defensora de la Comunidad. Incluyendo declaraciones del director en el que lamenta la publicación del mismo. El Diario ha colgado muchas piezas estos días sobre el tema.
En «Banglasdesh, fábricas y pobreza«, Roger afirmaba que «es fácil caer en el moralismo y lamentarse sobre las inhumanas condiciones laborales de la clase obrera en Bangladesh, pidiendo un cambio de rumbo. Lo que es más difícil de recordar, sin embargo, es que esas mismas fábricas son probablemente lo mejor que le ha pasado a los pobres de Bangladesh en décadas».
En enero de 2009, Nicholas Kristof, poco sospechoso de neoliberal, afirmaba algo parecido en su blog del NYT: «Bad as sweatshops are, the alternatives are worse. They are more dangerous, lower-paying and more degrading. And when I struggle to think how we can really make a big difference in the development of the poorest countries, the key always seems to be manufacturing». (Vía Alberto Sicilia)
Su artículo me lleva a éste de Vijay Prashad (de obligada lectura, no porque comparta las tesis, sino porque es información mucho más local que el resto de artículos, que tienen ópticas occidentales) titulado «Bangladeshi workers need more than boycotts«.
The New York Times le dedica un editorial al tema titulado: «Worker Safety in Bangladesh and Beyond«. Cuenta que hace un siglo los sweatshops eran algo habitual en EEUU (y con tragedias similares) y cree que»The Obama administration and the European Union also have a big role to play. They should push the government of Bangladesh, led by Prime Minister Sheikh Hasina, to enforce the country’s labor laws and building and fire codes».
Y enlaza un estudio interesante que «found that the presence of garment factories was strongly correlated with higher numbers of girls going to school and delaying marriage and childbirth». (vía Miquel Roig).
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Manel Gozalbo me lleva a este informe de 361 páginas (PDF) titulado: «Manufacturing Enterprise in Asia: Size Structure and Economic Growth«. El capítulo 12, a partir de la página 270 del documento, se titula «Size structure of manufacturing in Bangladesh and implications for growth and poverty», y está firmado por tres profesores, incluyendo a M. Yunus. No lo he leído todavía, pero tiene buena pinta.
Benjamin Powell, en 2008, escribía «In Defense of «Sweatshops«, recogiendo casos de externalidades negativas ocurridas cuando políticos de EEUU quisieron legislar sobre (productos llegados de) fábricas e incluso trabajo infantil en Asia o Centroamérica a mediados de los 90.
Beatriz Hoya, en los comentarios a un post anterior (por cierto, nadie comenta nunca los posts…) nos lleva a una «desoladora entrevista en The Nation a Kalpona Akter extrabajadora de fábricas textiles activista por los derechos de los trabajadores en Bangladesh». Dice que empezó a trabajar a los 12 años para mantener a su familia y fue despedida, años después, por intentar algo así como el germen de un sindicato.
¿Qué es lo que quiere su organización? Desde luego, no un boicot. «We really don’t think that not buying is the solution for us. We have 4 million workers in the garment industry in Bangladesh, 70 percent of whom are women. Most are very young and they have to have a means to have a livelihood. If consumers stop buying, that is like a boycott and a boycott doesn’t help us. Instead, we want people to write letters to Walmart, talk to their communities and friends about what is happening, raise their voice and protest at the stores with their physical presence. We want US consumers to say, “We’re watching you and we demand that you pay attention.”
– Ángel Martín Oro, en los comentarios, apunta a este post titulado «Biased news» en el que el autor critica a los medios por el tratamiento informativo de casos como el de Bangladesh. No por recoger lo que evidentemente es una terrible noticia, sino por no proporcionar el contexto necesario. Y concluye que «ven when journalists are doing their jobs well, they are contributing to some unpleasant biases, by the very nature of what constitutes news. You cannot, rationally, base your political opinions in what your see in the news».
– Ricardo Molero, en Colectivo Novecento, critica el artículo de Senserrich desde diferentes puntos de vista, pero en especial desde la comparativa con el caso chino: «China, fábricas y pobreza«. Vía Manel Gozalbo también.
En el Financial Times del domingo, Martin Wolf, probablemente el columnista económico más influyente y respetado del mundo, escribe un artículo de obligada lectural titulado: «Why bankers are intellectually naked«.
«The UK’s Independent Commission on Banking, of which I was a member, made a modest proposal: the proportion of the balance sheet of UK retail banks that has to be funded by equity, instead of debt, should be raised to 4 per cent. This would be just a percentage point above the figure suggested by the Basel Committee on Banking Supervision. The government rejected this, because of lobbying by the banks».
«If you think that running banks with so little loss-absorbing equity is crazy, you are right. This book shows you why you are right. It is the most important to emerge from the crisis».
«One makes banks stronger by forcing them to fund themselves with more equity and less debt. In recommending this change, the authors – Anat Admati of Stanford and Martin Hellwig of the Max Planck Institute – are bold. They want an equity ratio of 20-30 per cent. This is not mad. The case is grounded in the financial theory bankers apply to everything, except themselves».
«The problem is bigger than that banks are “too big” or “too interconnected” to fail. It is that they are so complex and so grossly undercapitalised. The model is intellectually bankrupt. The reason that this is not more widely accepted is that bankers are so influential and the economics are so widely misunderstood. Read this book. You will then understand the economics. Once you have done so, you will also appreciate that we have failed to remove the causes of the crisis. Further such crises will come».
Merece la pena leerlo entero, porque hay partes estupendas. En este post he destacado algunas de las respuestas más interesantes… para mí. Por diferentes motivos, pero muy subjetivos. Recomiendo leerlo todo.
Por ejemplo, le preguntan si el hecho de comprender la mente no afecta negativamente a su propia felicidad, si no hace que la vida le parezca arbitraria y sin sentido y la euforia sólo una reacción química. A lo que él responde:
«Quite the opposite — I find a naturalistic understanding of human nature to be indispensable to leading a wise and mature life, and it is often exhilarating. Wisdom consists in appreciating the preciousness and finiteness of our own existence, and therefore not squandering it; of being cognizant of what makes people everywhere tick, and therefore enhancing happiness and minimizing suffering; of being alert to limitations and flaws in our own judgments and decisions and passions, and thereby doing our best to circumvent them. The exhilaration comes from understanding that we are a part of natural world; that deep mysteries can be explained; and that the world — including our own mental lives — can be intelligible, rather than a source of superstition and ignorance. Yes, mortality sucks, but given that it exists, I’d rather know that than be kept in a childlike state of delusion».
– Le preguntan qué grandes pensadores, poco valorados en general, recomendaría seguir. Y responde:
John Mueller, on the history and politics of war. Linguist Ray Jackendoff, on language and cognition. Psychologist Philip Tetlock, on the psychology of taboo, and the limitations of expert prediction. The philosopher and novelist Rebecca Goldstein (disclosure: we are married). Anthropologist Alan Fiske, on the nature of human relationships and cross-cultural variation in them. Historical criminologist Manuel Eisner. Psychologist Leda Cosmides. Anthropologist John Tooby. The Northwestern U scholar of medicine, sexuality, and other topics Alice Dreger«. Y afirma que «we are living in a golden age of brilliant minds».
– Le preguntan si hay alguna razón por la que, siendo ateo, no se haya vinculado al movimiento ateista, más bien agresivo, de otros como Dawkins.
Pinker explica que «Atheism is simply the denial of one set of beliefs, and it has never been a priority to stipulate one among the many things I don’t believe in». Pero también destaca que «After having written Better Angels I now have a stronger intellectual and moral commitment to Enlightenment humanism, classical liberalism, and the ideal of human rights, because I saw how those ideas were instrumental in bringing about the best things that have happened in human history — the reduction of institutionalized violence, and the development of knowledge and technologies that have increasingly allowed human beings to flourish».
– Le preguntan si sigue pensando que la música no tiene ni ha tenido ningún propósito desde la perspectiva de la psicología evolutiva. Y responde:
«I have still not seen a bona fide adaptive explanation for music. Ironically, when it comes to music, everyone is a rabid, evidence-free, panglossian, just-so-story loving adaptationist, while when it comes to psychological phenomena for which we have enormous bodies of empirical evidence, they are in a state of denial. I think it’s the moralistic fallacy again: we value music, therefore want it to be an adaptation; we deplore violence, selfishness, tribalism, rape, and sex differences, therefore want them not to be adaptations«.
– Le preguntan por la posible relación entre videojuegos y violencia. Y responde:
«There is no good evidence that violent video games cause real-life violence. Christopher Ferguson has reviewed the literature extensively and shown that claims to the contrary are bogus (and the Supreme Court agreed). Just for starters: the era in which video games exploded in popularity is exactly the era in which violent crime among young people plummeted».
Julian Baggini, escritor y editor de The Philosopher’s Magazine, ha quemado su Encyclopædia Britannica. Literalmente. Un acto de sacrilegio, amor y «arte» al mismo tiempo.
Si ya no la usaba y estaba destrozada, en cajas llenas de humedad, ¿qué más da? Pero da, porque la Britannica es algo más que libros, algo más que una enciclopedia. Es el símbolo de una época, de un pasado , de una forma de entender la vida y la educación. Es el símbolo del conocimiento.
También algo obsoleto, lento, molesto. Ocupa espacio y no se actualiza. Con Internet, ya no hace falta. Las grandes han dejado de publicarse en papel. Y el desinterés es tan grande que las bibliotecas a las que quiso donarla no la querían. Tampoco los libreros de viejo. Ya no sirve para nada.
Desde 1768-1771, cuando nació con apenas tres vólúmenes, hasta 2011, cuando se publicó su última edición, con 32 volúmenes, todo el saber estuvo allí. Miles de autores, 30.000 páginas, 44 millones de palabras que condensaron antaño la sabiduría occidental.
También, un modelo cerrado, opaco, caro y elitista de educación.
«Britannica stood for a time when access to information was limited, and largely determined by money. The magnificence of the collection was deeply connected to the fact that they were exclusive, expensively produced objects«.
Su final es triste, pero al mismo tiempo, quizás, esperanzador. «What is more, the end of the print encyclopædia also signals the end of ossified knowledge in authoritative texts that were revised only every decade or so. Although they went through various editions, encyclopædias belong to a time when knowledge was owned by a handful of established authorities, who decided not only what was true but what deserved to be ennobled by its inclusion«.
Tiene razón Baggini. También cuando asegura, advirtiendo sobre el relativismo, que «A related but more ambiguous shift has been the decline of respect for experts. It’s hard to say which is worse: an excessive deference to a small cultural elite or a hubbub of cyber-chatter in which everyone feels not only entitled to an opinion but to a grateful audience for it«.
La Britannica era el objeto de deseo de las clases medias. Y por ello, su destrucción, dice el autor, es un insulto sobre todo para los padres. Los padres de gente como él mismo que»sacrificaron tanto para el beneficio de la educación de sus hijos». Porque «In the pre-digital world, the Encyclopædia Britannica was a very expensive investment, one that few working and lower-middle class families could afford to buy outright».
Eran familias que querían un futuro mejor para sus hijos. «Most families who signed up to the ‘book a month payment plan’ were really buying a promise of a better life for their children, one that the advertising for the encyclopædias relentlessly reiterated. For years, this was captured in the simple three-word slogan that gave its name to a free no-obligation brochure: ‘The Britannica Advantage’.
Pero víctimas también del marketing (uno muy bueno), de la presión social, de las ganas de prosperar por la vía más rápida. ¿Qué clase de padres negarían a sus hijos la oportunidad de tener una ventaja?
La Britannica era maravillosa. En la edición, los textos, el lenguaje. Se podía respirar la tradición y el respeto. Yo tuve en casa una Larousse. La pedí por Navidad con 14 años y recuerdo perfectamente el día que llegó. La elección de la estantería, el colocar uno a uno los volúmenes en orden. Abrir con cuidado cada uno encontrando sin buscar, perdiéndome en el índice y saltando de uno a otro en un caótico orden.
Durante años aprendí muchísimo de esa enciclopedia. Pasé muchísimas tardes leyendo al azar, e hice decenas de trabajos para el colegio. Como los haría después en la facultad con la Historia de España de Menénez Pidal que fui reuniendo, uno a uno, con los años.
La pregunta clave es. ¿Realmente hacía falta la Britannica? ¿Hacía falta una Larousse? ¿Me hacía falta? Baggini, divido por la lealtad y la pasión por un lado, y la razón por el otro, en el fondo cree que no.
«The sad truth is that most families who stretched their finances to the limit for the sake of a set of encyclopædias would have been better off spending half that money or less on books with beginnings, middles and ends that children might actually read. In many homes, by sheer weight and volume, encyclopædia sets often added up to more than all the other books in the house put together. While they were the most admired volumes on the shelf, they were also the least read».
Recuerdo un poco a una célebre escena de El indomable Will Hunting, en la que el protagonista, un genio salvaje y macarra encarnado por Matt Damon, humilla en un bar a un estudiante pijo de Harvard que cita pomposamente a historiadores canónicos que conoce superficiamente para avergonzar a uno de sus amigos.
Tras dejarlo por los suelos con nombres, títulos y datos, Hunting, macho alfa, le espeta: «Lo más triste de todo es que dentro de cincuenta años empezarás a pensar por ti mismo y te darás cuenta de que sólo hay dos verdades en la vida: una, que los pedantes sobran, y dos, que has tirado 150.000 pavos en una puta educación que te hubiera costado un dólar y medio por los retrasos en la biblioteca pública».
Will Hunting es el bueno, el que gana la pelea, el que lleva razón. Pero en el fondo, los padres de todos los niños piensan un poco como el pijo de Harvard cuando responde «Sí, pero yo tendré un título, y tú servirás patatas fritas a mis hijos cuando paremos a comer, antes de ir a esquiar».
Nadie quiere que sus hijos sean los que sirven las patatas fritas a los pijos. Por eso triunfó la Enciclopaedia Britannica.
Bueno, y porque era maravillosa. Hoy, tanto mi Larousse como la Historia de España están en casa de mis padres, y no creo que salgan de allí durante mucho tiempo. Llevo años sin abrirlas. Pero las echo de menos cada día.
Letras Libres, la revista mexicana creada por Enrique Krauze y con edición española, es estupenda. Una mezcla cuidada de ensayo y literatura. Llevo mucho tiempo leyéndola, y ahora me acabo de suscribir. Porque me merece la pena y porque la mejor forma, y quizás la única, de que los buenos proyectos sobrevivan es dándoles apoyo. Y eso quiere decir que hay que poner euros.
Los dos últimos números, los primeros del año 2013, están llenos de lecturas maravillosas.El de febrero, por ejemplo, está ‘dedicado’ a literatura y blasfemia. Y tiene tres artículos más que recomendables y muy relacionados.
– «Se está extendiendo una cultura de la “ofensa”, también en otros lugares, pero sobre todo en este país: una cultura en la que tu condición de “ofendido” te define. Quiero decir, ¿quién eres si nada te ofende? Probablemente un “liberal”. ¿Y quién querría ser eso?».
– «‘La libertad no es un té de las cinco. La libertad es una guerra.'» Conservas las libertades por las que luchas; pierdes las libertades que descuidas. La libertad es algo que alguien siempre te está intentando quitar. Y, si no la defiendes, la pierdes«.
– «Somos una criatura que siempre ha usado el lenguaje para expresar sus sentimientos más profundos, y no somos nada sin el lenguaje. El intento de silenciar nuestra lengua no es solo censura. También es un crimen existencial contra el tipo de especie que somos. Somos una especie que necesita hablar, y no debemos ser silenciados. El propio lenguaje es una libertad. Por favor, no permitáis que la batalla por esa libertad se pierda».
Otro, mucho más largo, de Ian Buruma, al que leo con atención y un punto de recelo desde hace tiempo. «El liberalismo sitiado«. No estoy de acuerdo con una parte, ni entiendo su obsesión con Ayaan Hirsi Ali, pero está bastante bien.
«En mi opinión, los males de España tienen que ver básicamente con una tendencia de los españoles en general a ser muy laxos con ley y su cumplimiento y a la ausencia de un control social de las corruptelas, en particular porque las cometemos todos».
«Si nuestros males no eran producto de nuestras leyes, es ingenuo pensar que por cambiarlas la cosa va a mejorar. Seguramente empeorará».
«En fin, que conmigo no cuenten. Sobre todo para “acabar con la corrupción de un plumazo”. Yo ya sé cómo se acaba con la corrupción de un plumazo. Con otro tipo de corrupción mucho más peligrosa: la de los iluminados».